From domestic disorder to the sterilizable mother: The class contradiction in the family planning script
DOI: https://doi.org/10.54114/ingeniosv12i2.54776
Adriana Villar Forteza
Departamento de Historia
Facultad de Humanidades, UPR RP
Recibido: 15/02/2026; Revisado: 21/04/2026; Aceptado: 27/04/2026
Resumen
Este trabajo recurre al guion Nosotros Tenemos Derecho (1975) como fuente primaria para examinar cómo el Estado puertorriqueño articuló discursivamente la planificación familiar en los años setenta. En un contexto en el que el crecimiento poblacional fue presentado como una crisis, el guion traduce la política demográfica en una narrativa moral sobre el hogar y la maternidad. A través del análisis textual, se argumenta que el desorden doméstico funciona como un lenguaje político que desplaza las condiciones estructurales hacia la conducta individual de la madre. El presente análisis sostiene que esta representación contribuye a legitimar la intervención reproductiva y la construcción de la madre esterilizable.
Palabras clave: planificación familiar, esterilización femenina, maternidad, Puerto Rico, racialización.
Abstract
This work analyzes the script of Nosotros Tenemos Derecho (1975) as a primary source for examining how the Puerto Rican state articulated family planning discursively in the 1970s. In a context in which population growth was framed as a public crisis, the script translates demographic policy into a moral narrative about home and motherhood. Through textual analysis, it is argued that domestic disorder functions as a political language that shifts structural conditions toward the individual behavior of the mother. The analysis argues that this representation contributes to legitimizing reproductive intervention and the construction of the sterilizable mother.
Keywords: family planning, female sterilization, maternity, Puerto Rico, racialization
Introducción
El siglo XX marcó a Puerto Rico con sus debates constantes sobre el control reproductivo, que resultaron en la expansión significativa del Programa de Planificación Familiar durante década de 1970. En este contexto, el crecimiento poblacional se presentó como un problema que requería intervención estatal. Además de los informes demográficos y la documentación a través del Departamento de Salud de Puerto Rico, se articularon narrativas pedagógicas destinadas a moldear la percepción social de la maternidad. Por lo tanto, este trabajo utiliza como fuente central el guion inédito de la película Nosotros Tenemos Derecho, producida en 1975 por la División de Educación de la Comunidad. A través de este, se examina cómo el Estado moldeó la planificación familiar en una narrativa moral que posiciona el hogar como un espacio sujeto a conflicto, donde habitaba la madre como figura socialmente problemática. Para comprender las dinámicas presentadas en dicho guion, se utilizarán los siguientes marcos teóricos.
El análisis se apoya en el concepto de formación racial de Michael Omi y Howard Winant. Para estos autores, la raza se constituye como un proceso histórico y social que se construye a través de discursos, políticas públicas e instituciones estatales.1 Por lo tanto, la raza no puede comprenderse como una categoría fija o biológica, sino como una construcción social en constante formación. A través de su concepto de formación racial, esta puede producirse y transformarse mediante procesos que organizan los significados en la sociedad. Este análisis entiende la racialización como parte de un proceso de formación racial. Sugiere que el Estado produce significados y jerarquías sociales que operan como mecanismos de diferenciación racial, aunque no nombra explícitamente la raza.
De igual forma, Hortense Spillers plantea que la maternidad y las estructuras familiares no son naturales, sino construcciones históricas atravesadas por relaciones de poder. A partir de la esclavitud, el cuerpo de las mujeres negras fue transformado en objeto de control, resultando en la desarticulación de los vínculos familiares y redefiniendo la figura materna fuera de las relaciones de cuidado.2 De esta manera, la maternidad deja de entenderse como una experiencia individual y pasa a ser una categoría producida por condiciones históricas.
En el caso de Patricia Hill Collins, se plantea que las desigualdades de raza, género y clase se sostienen mediante construcciones ideológicas que permiten la naturalización de la subordinación. En este marco se introducen las “imágenes controladoras”, entendidas como representaciones estereotípicas que no buscan reflejar la realidad, sino justificar las relaciones de poder existentes.3 De esta forma, Collins explica que las representaciones operan dentro de un pensamiento binario que define a las mujeres racializadas como “otras”. Así, las mujeres son despojadas de la capacidad de definirse a sí mismas y, en cambio, son interpretadas, lo que luego conlleva su regulación.
Planificación familiar
En la década de 1970, Puerto Rico experimentó una expansión del Programa de Planificación Familiar. Esta respuesta estatal fue una solución institucional al crecimiento poblacional que “enfrentaba” la isla. La expansión no se limitó a la provisión de servicios médicos, sino que también dio lugar a la creación de una estructura administrativa encargada de formular políticas, gestionar sus recursos y producir conocimiento sobre la población. También hubo una vinculación directa del gobernador Rafael Hernández Colón con resolver la preocupación de la sobrepoblación y, por esta razón, estableció una secretaría auxiliar de planificación familiar. El Informe Anual 1974–1975 de la Secretaría Auxiliar de Planificación Familiar se convirtió en un documento clave para comprender cómo el gobierno conceptualizaba el crecimiento poblacional como un problema público y como justificación para la intervención reproductiva. El informe presentó el aumento de la población como una amenaza para el desarrollo económico, la disponibilidad de recursos y la calidad de vida en la Isla. El uso de estadísticas demográficas reforzó la construcción de urgencia en el documento. El informe destacó que Puerto Rico albergaba 3,112,000 habitantes en tan solo 3,421 millas cuadradas, lo que se traducía en 909 habitantes por milla cuadrada.4 Esta estadística caracterizó a la Isla como “una de las áreas más densamente pobladas del mundo”.5 Además, a esta cifra se le suman datos sobre la tasa de natalidad y la de mortalidad, para ejemplificar el crecimiento anual de 1.67%.6 Con las proyecciones, el informe propuso que a principios del siglo XXI el país alcanzaría 6,224,000 habitantes, con una densidad de 1,819 personas por milla cuadrada.7 A través de esta data, el documento pretendía proyectar que a este ritmo la población se duplicaría en 42 años. Estas previsiones no fueron presentadas como escenarios hipotéticos, sino como advertencias de una realidad que requería acción. Se señala que la información provista debía “constituir una voz de alarma para todos los habitantes de nuestra isla”, especialmente para aquellos responsables de formular políticas públicas. Aquí la población fue representada como el objeto de análisis, mientras que el Estado fue posicionado como racional y encargado de restablecer el equilibrio. Esta construcción discursiva permitiría que el informe de la Secretaría Auxiliar de Planificación Familiar apareciera como la solución lógica. En el informe, el mensaje citado del gobernador afirmaba que la planificación familiar era “el cimiento indispensable para comenzar a dar una solución real al problema del desempleo y a otros muchos problemas fundamentales del país”.8 De esta manera, el crecimiento poblacional fue presentado como la causa de problemas económicos y sociales que afectaban a todos. Aquí fue donde se legitimaron las intervenciones políticas dirigidas directamente a la reproducción.
Entre los métodos promovidos, la esterilización femenina ocupó un lugar central y se convirtió en una de las prácticas más utilizadas.9 Cabe notar que, aunque estos procedimientos se presentaron como voluntarios, fueron implementados en un contexto caracterizado por la pobreza y por recomendaciones de intervención estatal. Estas condiciones generarían dudas sobre cuánta autonomía realmente tenía la mujer en este discurso de esterilización. Pues, además de ser un procedimiento médico, funcionaba como un proyecto de regulación social que vinculaba la reproducción con la inestabilidad económica y el desorden doméstico.
Nosotros Tenemos Derecho
Durante este periodo, numerosos materiales educativos fueron desarrollados, pero destaca un guion elaborado por el Departamento de Salud. Originalmente producido en 1975 por la División de Educación de la Comunidad (DIVEDCO), Nosotros Tenemos Derecho fue creado durante un período en Puerto Rico en el que los materiales audiovisuales eran clave en las estrategias educativas y políticas. La DIVEDCO surgió a través de la Operación Serenidad con la prioridad de educar a poblaciones rurales y de clase baja.10 La película sigue a diferentes parejas abrumadas por dificultades económicas, responsabilidades familiares o indecisión respecto de las estructuras de planificación familiar. La película funciona como una construcción pedagógica e ideológica dirigida al espectador. A partir de esta lectura, este trabajo argumenta que Nosotros Tenemos Derecho construye el hogar doméstico como un espacio de desorden moral, emocional y social que funciona como un mecanismo de racialización implícita. Aunque la película no nombra explícitamente la raza, el énfasis constante en el caos del hogar, el agotamiento materno y la incapacidad de controlar a los hijos produce una imagen de la madre pobre como una figura socialmente problemática. Siguiendo los planteamientos de Omi y Winant sobre la formación racial, así como las aportaciones de Hortense Spillers y Patricia Hill Collins sobre la regulación de la maternidad, se sostendrá que esta representación desplaza las condiciones estructurales que afectan el espacio doméstico y, en cambio, convierte la maternidad en el lugar principal de intervención estatal. De esta forma, la esterilización no se presenta únicamente como una intervención médica, sino como una solución necesaria en un hogar fallido. A través del análisis del guion Nosotros Tenemos Derecho, el presente trabajo propone que el desorden doméstico puede operar como un lenguaje político que racializa a la madre sin nombrar explícitamente la raza, al introducir al espectador en un entorno doméstico que evidencia agotamiento y desorden.
En el primer acto vemos a Marita, una niña de 13 años que regresa de un viaje escolar y cuyo entusiasmo se atribuye a haber besado a un compañero de clase durante la gira. Inmediatamente, el espectador entiende lo temprano que puede comenzar esta atracción. En el hogar, la emoción de Marita contrasta con el cansancio de su madre como resultado de las tareas domésticas del hogar y la cocina. La madre entonces reconoce la presencia de su hija al inmediatamente exigirle ayuda con las tareas del hogar. Esto es recibido con desafío por Marita al ver la cara de reproche de su madre mientras se imagina su boda con su compañero. Aquí se evidencia una rivalidad entre madre e hija, ya que Marita considera que su madre podría hasta envidiar esa felicidad entre parejas. Este acto de desafío revela el control debilitado que la madre ejerce sobre su hija. Como resultado, Marita ignora las exigencias de su madre y encuentra refugio en la televisión. Cuando el padre finalmente llega a casa del trabajo, no es recibido con calidez, sino con hostilidad. Inmediatamente, la conversación insiste en que él ayude a la madre cuando ella le entrega a su infante y le dice: “Tómate, ahora te toca a ti... Aquí todo el mundo parece que se divierte menos yo”.11 En respuesta, el esposo coloca de inmediato al bebé en el corral y se retira del hogar; califica la situación como consecuencia de que ella está “histérica”.12 A través de esta interacción, su trabajo doméstico se vuelve invisible y sin reciprocidad, al ser etiquetado como su deber o su fracaso. De este modo, el fracaso de la madre, desde la perspectiva del Estado, la convierte en una figura cuya capacidad puede medirse por su contención emocional, su servicio o su disciplina. Bajo esta lógica, el hecho de que la madre no logre controlar su hogar la presenta socialmente como un problema que debe corregirse y refinarse.
Mientras el padre se retira del hogar, la escena cambia a su hijo de 14 años, Ipe, que merodea por las calles del barrio. Está jugando con sus amigos a golpear una lata con una piedra. Sin embargo, el juego cambia abruptamente cuando uno de ellos saca un arma de fuego y dispara a una farola. Un vecino los confronta de inmediato, pero el grupo se dispersa y corre en diferentes direcciones. El primer instinto de Ipe es correr y buscar refugio en su hogar, pero pronto se da cuenta de que no se siente seguro allí. Aquí, la inestabilidad familiar vuelve a posicionarse como un riesgo social derivado de una mala gestión materna. El caos del hogar sirve de justificación para una intervención que presenta la planificación familiar como la cura de los problemas personales y sociales.
Luego de tres horas, el padre regresa. La película avanza para resolver la discusión previa mediante conversaciones morales. El marido cambia a un tono de razonamiento al insistir en que deben “darle el frente a esa realidad” y “empezar a cambiar”.13 En este momento, la conversación se convierte en una responsabilidad cívica de la planificación familiar. La misma restablece la necesidad de controlar la cantidad de hijos para lograr un hogar estable. Sin embargo, a lo largo de la plática destinada a enmendar las diferencias entre ambos, recae una mayor carga sobre la madre. Esta dinámica es explícita cuando ella le dice a su marido: “Si no fuera por tus hijos me habría ido ya, lejos”, a lo que él responde: “Los tuyos serán, tú fuiste la que los pariste”.14 Aunque la escena continúa desarrollándose como si fuera culpa de ambas partes, el ejemplo anterior reafirma la carga de la reproducción sobre la mujer. El guion sitúa la conducta materna como la medida más precisa de la estabilidad familiar, al enmarcar el desorden doméstico como consecuencia de una mujer incapaz de manejar su hogar. Al reformular el sufrimiento de la familia como una historia de advertencia, la narrativa valida el interés del Estado en regular la reproducción. Y, al hacerlo, demuestra la angustia de la madre como evidencia de por qué la planificación es necesaria.
La película luego cambia abruptamente a una pareja más joven que se presenta como la versión aspiracional de la paternidad responsable. A diferencia del hogar anterior, esta pareja discute el sexo y la reproducción con calma. La conversación es guiada por una profesional femenina que trabaja con niños. Desde la superficie, el diálogo parece promover la responsabilidad compartida cuando la joven le dice al profesional y a su pareja “que el método a usar y la planificación no son cosas de la mujer nada más”.15 Sin embargo, este comentario es inmediatamente socavado por el humor cuando el joven bromea que la igualdad es aceptable “siempre y cuando la mujer no quiera quitarle el sexo al hombre”.16 Aquí se refuerza la idea de que las obligaciones de la mujer están ligadas al cumplimiento de los deseos masculinos. Este humor trabaja para disciplinar al espectador, recordándole que incluso en discusiones sobre la elección reproductiva, el papel de la mujer necesita reafirmar la jerarquía de género. Esto significa que el cuerpo, el comportamiento y las decisiones reproductivas de la mujer deben alinearse con las expectativas masculinas. La pareja joven “moderna” no rompe con esta lógica, sino que la reorganiza. Aunque se presenta como un ejemplo aspiracional de responsabilidad compartida, el guion reafirma que la estabilidad doméstica sigue dependiendo del cuerpo de la mujer. De este modo, la maternidad continúa siendo el lugar principal de corrección y evaluación moral.
Maternidad, desorden doméstico y formación racial
Para comprender cómo en Nosotros Tenemos Derecho se construye a la madre como una figura socialmente problemática, es necesario comenzar por el concepto de formación racial desarrollado por Michael Omi y Howard Winant. Desde este marco, la insistencia del guion en representar el hogar como un espacio “caótico”, “ruidoso” y emocionalmente desorganizado puede entenderse como una práctica que produce diferencia social. La madre es presentada como incapaz de mantener el orden doméstico, lo que convierte su vida cotidiana en una evidencia de una falla estructural. En los términos de Omi y Winant, esta representación puede entenderse como parte de un proyecto racial que organiza el significado social de la maternidad.17 En consecuencia, el hogar deja de ser un espacio privado y se transforma en un espacio público de evaluación moral. Esta lógica permite que la intervención estatal no parezca una imposición externa, sino una medida razonable debido al hogar disfuncional.
Por otro lado, gracias a las aportaciones de Hortense Spillers, es posible profundizar en cómo la maternidad puede configurarse como un espacio de regulación social. Spillers plantea que la figura materna ha sido históricamente construida como responsable de mantener el orden doméstico.18 En cambio, la falla en completar este deber se convierte en signo de falla moral. Con esta lógica, la maternidad puede entenderse como una capacidad individual que puede medirse y que no está atravesada por las condiciones estructurales. La madre en Nosotros Tenemos Derecho se presenta constantemente como una figura agotada y emocionalmente inestable. Su cansancio no se considera legítimo ante la precariedad doméstica, sino que se señala como incapacidad. Esto se evidencia en el uso del término “histérica” para describir su comportamiento emocional. La madre se construye a partir de imágenes que refuerzan la lógica de control. Este concepto se alinea con las “imágenes controladoras” que propone Patricia Hill Collins. Aquí se logra explicar cómo ciertos estereotipos impuestos sobre mujeres funcionan como mecanismos ideológicos que legitiman su regulación social.19 Estas representaciones condensan problemas sociales en una sola figura, convirtiendo a la madre en el punto central del problema. Al centrar el discurso en el desorden doméstico, la figura de la madre en el guion se presenta como un sujeto que debería ser corregido. Este proceso es fundamental para comprender cómo la intervención reproductiva se legitima en el discurso de la planificación familiar. Así, la regulación del cuerpo reproductivo no se presenta como coerción, sino como una solución necesaria.
El desorden doméstico que se estructura no debe entenderse solamente como una representación desorganizada de planificación familiar, sino como un lenguaje político que influye en las clases sociales. Aquí, la raza opera sin necesidad de referencias explícitas gracias al uso de un vocabulario específico. Términos como “desorden”, “ruido”, “histeria”, “violencia” y “crisis” no funcionan solamente como descripciones narrativas, sino también como marcadores de diferencias sociales. Siguiendo a Omi y Winant, la racialización se manifiesta aquí sin referentes directos a la raza, por lo que el hogar desorganizado es un indicador narrativo que es contradictorio con los espacios de clase media que expresa el guion. Así, la racialización no tiene que construirse a partir de categorías explícitas. Mediante la asociación sistemática entre pobreza, desorden doméstico y maternidad fallida, el guion traduce problemas dentro del marco de la racialización indirecta.
El análisis de Nosotros Tenemos Derecho permite comprender cómo el desorden doméstico funciona como lenguaje político que legitima la intervención estatal sobre la reproducción. Aunque el texto no articula la raza de manera directa, el vocabulario sugiere una interpretación de lo que podría ser una racialización de la madre pobre. La utilización constante de conceptos como "desorden", "crisis" o "violencia" funciona como un marcador de diferencia social. Este separa a esta familia del ideal doméstico asociado a la estabilidad y la modernidad. De esta manera, el guion convierte la experiencia descrita en una herramienta de comparación para que el espectador reanalice su propio hogar.
Conclusión
Nosotros Tenemos Derecho no puede ser leído únicamente como un material educativo producido por la DIVEDCO, sino como un dispositivo cultural que participó activamente en la construcción de la madre esterilizable en la década de 1970. A través del desorden doméstico, el guion convierte la pobreza en un problema moral localizado en el cuerpo y la conducta de la mujer. En el proceso, se produce un desplazamiento en las condiciones estructurales que genera la precariedad evidenciada. Aunque la película articula una imagen aparentemente universal de la maternidad según el gobierno, esta representación entra en contradicción con la realidad archivística de la planificación familiar y parece tener un objetivo demográfico en mente. Por esta razón, es fundamental continuar el análisis de las narrativas que rodean la esterilización femenina en Puerto Rico.
Notas
1 Michael Omi y Howard Winant, “Racial Formations,” en The New Social Theory Reader (Nueva York: Routledge, 2020), 405–415.
2 Hortense J. Spillers, “Mama’s Baby, Papa’s Maybe: An American Grammar Book,” Diacritics 17, no. 2 (Summer 1987): 65–81.
3 Patricia Hill Collins, Black Feminist Thought: Knowledge, Consciousness, and the Politics of Empowerment, 2nd ed. (New York: Routledge, 2000), 72–78.
4 Informe Anual 1974–1975 de la Secretaría Auxiliar de Planificación Familiar, 1974–1975, Caja 140, Lista 89-1, Departamento de Salud de Puerto Rico.
5 Informe Anual 1974–1975, Caja 140, Lista 89-1.
6 Informe Anual 1974–1975, Caja 140, Lista 89-1.
7 Informe Anual 1974–1975, Caja 140, Lista 89-1.
8 Informe Anual 1974–1975, Caja 140, Lista 89-1.
9 Laura Briggs, Reproducing Empire: Race, Sex, Science, and U.S. Imperialism in Puerto Rico (Berkeley: University of California Press, 2002), 158.
10 Donald Thompson, “Film Music and Community Development in Rural Puerto Rico: The DIVEDCO Program (1948–91),” Latin American Music Review 15, no. 2 (1994): 102.
11 Departamento de Educación, Subfondo DIVEDCO, Serie Proyectos Inéditos, Tarea 1991-02, Caja 10, Archivo General de Puerto Rico, San Juan, PR.
12 Departamento de Educación, Subfondo DIVEDCO, Tarea 1991-02, Caja 10.
13 Departamento de Educacio n, Subfondo DIVEDCO, Tarea 1991-02, Caja 10.
14 Departamento de Educación, Subfondo DIVEDCO, Tarea 1991-02, Caja 10.
15 Departamento de Educación, Subfondo DIVEDCO, Tarea 1991-02, Caja 10.
16 Omi and Winant, “Racial Formations,” 405–15.
17 Departamento de Educación, Subfondo DIVEDCO, Tarea 1991-02, Caja 10.
18 Spillers, “Mama’s Baby, Papa’s Maybe,” 68.
19 Collins, Black Feminist Thought, 85-88.
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