El inspector y la Fuente de Neptuno

Anamaría Isabel Rey Bollentini
Departamento de Psicología
Facultad de Ciencias Sociales, UPR RP

 

Se empieza a escuchar el rumoreo en las calles, son apenas las seis de la mañana y todavía se encuentra dando vueltas sudado en su cama. Otra noche más sin poder dormir. Decide levantarse, aunque el calor de su cama lo llama. Va directo al baño y se mira en el espejo. El agua fría lo obliga a despertarse. Esta vez no puede despegar los ojos del espejo: lleva tan sólo un mes trabajando en el área de homicidios en la comisaría del Centro de Madrid y ya se puede ver el efecto por las ojeras que se van trazando en su rostro. En su armario reina el orden absoluto. Solo tres colores resaltan: negro, blanco y azul. Todas sus camisas cuelgan por color y cada una sin un pliegue. En la gaveta sus pantalones están doblados a la perfección y cada uno de sus zapatos está uno al lado del otro. Termina decidiéndose por una camisa blanca de botones con unos vaqueros oscuros, lo mismo de siempre. Antes de salir, ve en la puerta que todavía está pegada la nota que se había escrito varias noches atrás, la cual dice: “llamar a mamá y felicitarla”. Sale de su apartamento a las seis y media como todos los días, sube por la calle Toledo y se detiene en un pequeño café. El olor a croissant acabado de hornear y de café invaden el lugar. Era una cafetería de no gran tamaño llena de espejos en cada pared, lo que daba la ilusión de que era mucho más grande de lo que mostraba. Hoy está la señora gritona atendiendo, según sus cálculos tiene unos cincuenta años y es obvio que también unos kilos de más, pero hace unos panes y dulces de alta calidad. Pide un espresso negro como es de costumbre, en estos días es lo único que lo mantiene vivo, y, al último momento, decide llevarse un churro. Se toma el café de un sorbo, vuelve a retomar su camino rumbo a la estación La Latina mientras devora aquel churro todavía caliente. Piensa que no lleva mucho tiempo en Madrid y ya se conoce las calles y el metro como la palma de su mano. Se había transferido desde Barcelona porque quería librarse de su familia, ya que sus padres no estaban muy de acuerdo con la carrera que había elegido. Es el menor de tres hermanos varones, los dos con carreras muy importantes, uno es abogado y el otro está metido en la política. Se acuerda de aquel momento en el que le dijo a su madre que se transfería a Madrid, cómo lloró esa noche. Las calles se están empezando a llenar con otros peatones y varios negocios van abriendo sus puertas, la pequeña librería de la esquina ya está abierta; a veces compra el periódico ahí, pero hoy no quiere. Le da un vistazo al cielo y se dice a sí mismo “qué mal tiempo, hoy seguro lloverá”. Como de costumbre no lleva paraguas, piensa que es de gente mayor. Las nubes son de color gris y parecen salidas de una película de terror: la ciudad tiene un color entre grisáceo y azul.  Además, el viento comienza a ser insoportable. Por fin llega a la estación, puntual como todos los días, a las siete, coge la línea cinco hasta Callao solo para poder apreciar a la chica pelirroja. No sabe su nombre ni su edad, debe tener casi treinta años como él; siente una atracción inexplicable hacia ella. Tiene una cabellera jamás vista con unos rizos rojos que le llegan a mitad de espalda, y no se pueden quedar atrás sus grandes ojos verdes, que con una mirada te petrifican. La mañana anterior vestía un traje corto negro con uno tacos del mismo color, y llevaba una chaqueta de color rojo que le llegaba hasta mitad de pierna. Siempre se viste muy elegante, debe tener un trabajo importante y por su porte se podía ver que había estudiado toda su vida en colegios privados. Cuando llega al andén no encuentra a la chica, siente una leve incomodidad, un gran peso en su corazón, algo que usualmente no le pasa. Piensa que a lo mejor hoy no tiene que trabajar o que simplemente está tarde. Aunque la chica no está, sí vio al jovencito que siempre anda con ella. Debe tener alrededor de dieciséis años, es de estatura media, blanco y de pelo castaño; es común y corriente como cualquier otro chico de escuela superior. Por lo que había aprendido en la academia, sabe que, por los gestos y la manera de hablar, el chico y la chica no se conocen, pero siempre se sientan en el metro a conversar. El altoparlante anuncia que el tren va a llegar con diez minutos de atraso. Él mira el reloj y ya sabe que va a llegar tarde al trabajo. Mientras espera, el chico se le acerca y le dice “usted es inspector de la policía, ¿verdad?”. Él le contesta con un simple sí, no le gustaba mucho conversar con chavales y no era de tener muchos amigos. El muchacho se queda parado al lado de él y no deja de mecerse, finalmente dice “es evidente que es policía, se le puede ver a un kilómetro, soy Javier, pero mis amigos me llaman Javi”. Vuelve a revisar el reloj y el muchacho continúa “le tengo una pregunta, hipotéticamente ¿si alguien muere ahogado podría quedar evidencia del asesino?”. Se queda un poco sorprendido por la pregunta y el joven se da cuenta de esto. “No se preocupe, es que anoche vi un episodio de Mentes Criminales, es una serie americana y pues me quedé con la duda”. Se le escapa una sonrisa y piensa en cuán inverosímiles son las series hoy en día. Mira al muchacho y le dice “bueno pues, matar a alguien ahogándolo es un crimen muy difícil de probar, es muy probable que no haya huellas en el cuerpo, entonces, pues, nos toca buscar la evidencia en otras partes”. El muchacho sigue meciéndose y le responde “eso fue lo mismo que yo pensé, pero en la serie encuentran tres huellas distintas”. Se le vuelve a dibujar una sonrisa en el rostro y contesta “no le hagas caso a las series que son pura ficción, para eso deberías mejor leer a Sherlock Holmes”. El chico lo miró medio confuso y le dijo “es que ya me lo he leído, me apasiona mucho el tema de los crímenes, que tenga un buen día inspector”. Está a punto de preguntarle por la chica, pero se escucha el estruendo del tren que entra a la estación. Está repleto de personas y el olor es repugnante. Se baja en Callao, de ahí camina hasta la comisaría que queda justo al lado de El Corte Inglés, aquella tienda en la que había esperado horas a que su madre terminara las compras y que tanto detestaba. Mientras sube los escalones Mateo, su compañero, está bajando y le dice “Alejandro, tenemos que irnos, han encontrado el cuerpo de una chica flotando en la Fuente de Neptuno”. Este es el tercer cuerpo de mujer, en menos de un mes, que encuentran flotando en alguna fuente. El primer cuerpo había aparecido en la Fuente de Apolo y el segundo en la Fuente de Cibeles, ya no era una casualidad. Se montan en el carro y la sirena empieza a sonar, eran tan solo cinco minutos, pero parecía casi una eternidad. Llegan a la escena del crimen y, mientras se acercan, logra divisar una chaqueta roja flotando. El oficial que ya se encontraba en el lugar le dice “hemos encontrado esto en su bolsillo”. Le echa un vistazo y reconoce su tarjeta de presentación. Todo el mundo le clavó la mirada. En ese instante suena la alarma del despertador, se levanta de un tirón, todavía sudando y jadeando.

Posted on June 1, 2021 .