Los secretos del recao 

Gabriela Meléndez Rivera
Departamento de Literatura Comparada
Facultad de Humanidades, UPR RP

Recibido: 13/02/2026; Revisado: 27/03/2026; Aceptado: 12/05/2026

A la de al lado, la abuela le enseñó que el recao atrae excremento de gato.  

—Eso es como droga pa’ ellos. —nos dijo la vecina una vez que nos vio recogiendo excremento frente a la casa— Se vuelven locos y te cagan el patio, esa gramita tan olorosa que tú ves ahí se propaga bien, pero de que bien rápido.  

Creo que esa fue la primera vez que la conocí. Recuerdo que me pareció raro que estuviera descalza en la calle, con los pies mugrientos. Conchita tenía las piernas largas y jinchas como el caballo de su abuela, y por eso le decían yegüita. Solía vestir pantalones ridículamente cortos incluso para la época, cuando hasta los hombres se ponían pantaloncillos que asemejaban calzones. Cuando la vi, me dio mucha envidia. Tanto así que me entraron ganas de arrancarme la falda pentecostal que mami también tenía puesta. Ahora lo encuentro humoroso, pero a esa edad te persigue el bochorno por todas partes, y la vergüenza te atormenta si no llevas las últimas tendencias de la moda. En casa me decían que esos pantalones cortitos eran para las adolescentes que tenían relaciones sexuales.  

Inmediatamente quise ser su amiga. Pero, mami, después de echarle una mirada vacía, muy típica de ella con sus ojitos perdidos, se viró y le dio la espalda. Estábamos en el balcón cuando suspiró con su característico mal aliento —De tal palo… 

En ese entonces, los gatos de la urbanización parecían junkies, y mientras más crecía el recao, más adictos se volvían a depositar sus necesidades en el patio de nuestra casa. Mami quería ponerles comida con veneno para ratas, pero mi tía, que vivía con nosotras en ese entonces, le decía que era una abusadora. 

La señora que vivía al lado de nosotros estaba completamente demente y tenía un caballo blanquito amarrado en la marquesina. En ese entonces no existía la conciencia ni la preocupación por el maltrato de animales, pero la odiábamos por torturarnos con la peste del caballito ese. Además, aparentemente practicaba la santería. Se vestía toda de blanco y se sentaba a mirar un árbol gigantesco en el patio de su casa, que tenía atadas a sus ramas unas muñecas de porcelana. Pelirrojas, pelirrubias y pelinegras; tez oscura, trigueña y pálida; era una colección de muñecas sorprendentemente diversa, protagonistas de mis peores pesadillas en la infancia. Su nieta se llamaba Conchita. Se crio en la urbanización porque su mamá la dejó con su abuela un verano pa’ fugarse con su jevo, y nunca regresó. En la versión de papi, la mamá era una prostituta. Conchita fue la que me enseñó sobre los secretos del recao.  

De vez en cuando, la vieja se volvía deliriosa y salía a gritar a la calle, ni que —¡El que se meta a joder con mi jodio caballo va a tener problemas!  

De vez en cuando se sentaba en su balcón a escribir cartitas, vistiéndose con un grandioso sombrero blanco cuya circunferencia descansaba sobre sus hombros y que le ocultaba la cara. Cuando estaba satisfecha con sus contenidos, se las mandaba a todos los vecinos de la calle.  

—Esa vieja cabrona…nieta buscona —era lo que solía decir papi cuando nos llegaban las cartas. Al parecer estaba convencida de que le iban a descuartizar el caballo. En una ocasión, después de un confrontamiento verbal con la señora, un vecino encontró tres gallinas, cada una sin cabeza, tiradas en su patio. Lourdes, vecina y pastora de nuestra congregación, dio una misa en la cual habló del mal de ojo y la malicia espiritual. Un tiempo después, encontró una cola, la cualdescubrimos que era de perro, frente a su casa. Conchita no tenía culpa de nada de esto, le decía yo a los de casa, a los nenes en la calle, a las viejitas chismosas. Me pareció, desde temprana edad, que mis opiniones eran casi como peste en el aire.  

Una vez escuché una conversación sobre la vieja entre mami y tití, mientras pretendía estudiar en la sala. 

—Dejan a esa nena sola con la bruja esa, y pa’ colmo, el nene de Lourdes dijo que la escuchó diciendo que iba a llamar a la policía ni que por el ruido de nosotros. ¡Ni que nosotros! ¡Qué, si fuéramos gente mala o como la hija esa de ella, drogadicta y senda cafre! ¡O si tuviéramos el patio como un basurero! —Y levantó la mano para contar con sus dedos— Mera, con gomas de carro, con gallinas enfermas… ¡Mierda de caballo! 

Fue en ese instante que me puse a disimular para que mami no me regañara por estar escuchando chisme. Tití, que estaba cocinando, se viró para mirar a mami y le empezó a hablar haciendo gestos con la cuchara salpicando habichuelas: 

—¡Ay, no me digas eso! Después de que fuimos tan buenas cuando le dejaron a esa nena endiabla’ tira’ allí. Poca vergüenza, con el caballo cagón ese. Hay que contarle al marido tuyo a ver qué dice, a ver si un día entre todos lo sacamos de la marquesina esa. ¡Chacho, no! Hay que aprovechar el carácter de Rubén y asustar a la vieja. 

Una tarde de domingo, semanas después, llegué de un campamento de verano del municipio que papi me consiguió gracias a que él tenía un trabajo importante en el Departamento de Ornato y Embellecimiento. Estaba contentísima porque me buscó tití, pero, cuando pasamos por la puerta, mami nos gritó:  

—¡Ese cabrón!  

Cuando le puse la mirada encima sentí un estremecimiento interno y me subió un temblor por la espina dorsal. Los muebles estaban desordenados, bajé la mirada y me percaté de que había vidrio roto en el piso. Recuerdo haber mirado a mami en ese momento y haber pensado que tenía el pelo bien rojito, y que probablemente se lo había pintado esa mañana. Me asusté cuando la vi, porque mami no era de llorar, solo de gritar. En el corazón de un argumento, la dominaba una turbación y lo que salía de su boca eran unas expresiones groseras casi incomprensibles. Iba ella por la casa balbuceando, jadeando por el agite. Pero ese día, aunque aturdida, se veía lúcida. Las mejillas las tenía rosadas y sus ojos estaban brillositos. Noté instantáneamente aquella fragancia peculiar, muy característica de su persona; ese aroma penetrante, dulce y picante, que ataca los sentidos. Estaba yo tan inquieta que hice lo que nunca, me acerqué a abrazarle, pero antes de poder hacerlo chilló:  

—¡Vete a recoger la mierda de gato que la peste me tiene con migraña!  

En la calle, vi que algunas de las nenas de la urbanización estaban reunidas, y me dio vergüenza cuando entendí por qué estaban ahí. Una de las nenas alzó las cejas cuando me vio y preguntó: 

—¿Está bien tu mai? Tu pai se fue horita. —Era María Cristina, una que siempre estaba pelea’ con Conchita porque pensaba que a ella le gustaba su novio Juan Antonio. Siempre pensé, y todavía pienso, que esa nena era una ridícula que no conocía a Conchita. Ella nunca fue así, ni como su mamá, ni como su abuela.  

—La mía está bien. ¿Y la tuya? —Pero sentí que se me puso el cuello caliente y la cara roja. 

Cuando todas se fueron, Conchita me ayudó a limpiar el excremento de gato y le quiso llevar el recao que arrancamos a su abuela. Cuando llegamos a la cocina de la vieja loca, me di cuenta de que Conchita quería el recao para el arroz con salchicha que estaba haciendo la abuela. 

—Eso tiene caca, Conchita. —Quería decirle cochina, pero no me atreví porque estaba la abuela allí. 

—Eso se limpia, amiga. —Y justo en ese momento la vieja se viró a mirarnos. 

—Eres una puerca, Conchita. Mira, eso no hay manera de desinfectarlo. El excremento de gato trae parásitos, como el toxoplasma gondii o la salmonella. No deberías estar tocando ese recao. Y yo soy inmunocomprometida. ¿Me quieres matar? —dijo la abuela. 

Esa tarde nos dio de su arroz con salchicha, y no quise regresar a casa hasta bien tarde. Cuando entré por la puerta, mami me estaba esperando y saltó a cogerme el brazo y preguntar:  

—¿Tú estabas en la casa del lado? Te vi con la Conchita esa en la marquesina.  

Papi estaba sacudiendo la cabeza desde su sillón. Andaba sin camisa, y en la pipa gigante le vi unos moretones aceitunados.  

—No vayas pa’lla, la hija es una droga-adicta, la nieta, tras que es una fresca, va por el mismo camino. La vieja se dedica a fastidiar. —Mis papás estaban mal los dos, y como quiera, la hija esa, la supuesta mamá de Conchita, no vivía en esa casa. Entiendo que mi tía me leyó la cara porque rápido empezó con un sermón. Soltó el mapo y me señaló con sus uñas postizas que de color plateado. Sus dedos eran largos y arrugados, flacos como el resto de ella. El calor de la tarde lederretía el maquillaje y se le empezaban a ver los tajos del pecho.  

—Esa familia, haz caso, es un desastre nena. El yerno de la vieja vende drogas y por eso se fueron a los Estados Unidos para escapar de alguien que los iba a matar. No te metas en esas.  

En una ocasión llegué de haber estado con las vecinas y me puse a hablar con Conchita en vez de irme para casa. Nos fuimos en bicicleta y le conté los chismes de la urbanización mientras le señalaba las casas. Con el tiempo se volvió un hábito y desarrollamos una rutina de por las tardes: me daba una Pepsi y desahogaba con ella mis penas de nena de doce años. 

—¡Esa misma! Mariangely era amiga mía, pero ya no la soporto porque tiene como 11 novios y es una senda ridícula. —Le dije, y me terminé de tomar la Pepsi— Mira, y Viviana me dijo que, como Marangely es de caserío, por eso tiene relaciones sexuales y a la mamá no le importa. —Entonces me di cuenta de que Conchita me estaba mirando raro y me dio bochorno. 

—Hay gente que es buena y de caserío —exclamó Conchita— Aunque, sí, la mamá de Mariangely le está perjudicando su futuro… no la está protegiendo. —Entonces, cuando terminó de hablar, se paró como para irse, pero se quedó mirando el techo de la marquesina. 

—Yo sé eso —le dije, pero con vergüenza, porque sentí que me regañó— No la estoy juzgando por ser de caserío, es que noto una falta de inteligencia en ella.  

Conchita siempre tuvo una cualidad rara, un aire, supongo, de entender cosas que yo no entendía. Ahora de adulta me doy cuenta de que nuestra amistad suavizó la dulce amargura de haber sido niña y adolescente al mismo tiempo.    

No vi a Conchita mucho después de eso, no me dejaban casi salir y en casa seguía rompiéndose la cristalería. Mami con episodios y Tití siempre limpiando lo que se rompía. No me gustaba el ruido de casa y sentía que se me escapaba el verano. 

Unos días antes de que empezaran las clases, me atreví a escaparme un ratito y me escondí detrás del palo de las muñecas. Cuando toqué la puerta abrió la vieja.  

—Su mamá se llevó a Estados Unidos, nena. —Cuando me percaté con susto de que la señora estaba vestida con ropa blanca, sentí que el corazón me latía en la garganta y me dieron ganas de gritarle.  

—Dijo que va a regresar, que no te olvides de ella. —continuó la abuela de Conchita— Fue a despedirse, pero tu mamá nos dijo que estabas sintiéndote mal, así que no te sientas culpable. Entra pa’ darte un tececito, nena.  

En el interior de la casa tenía velas con imágenes de santos y vírgenes, prendidas y esparcidas por toda la sala. Me puse a imaginar cómo me iba a sacrificar para convertirme en una de sus muñecas de porcelana en el árbol. Justo entonces llegó con té de sábila y me obligó a tomármelo con un cucharón de miel, quizás para la tos que pensó que tenía. Me dio guarapo de caña y me lo tomé, aunque no me gustara, porque me daba pena decirle que en realidad nunca había estado enferma. 

—Ay nena, yo no quería que la Conchita se fuera. 

Suspiró por un largo rato, dándome la espalda, probablemente preparando otra zambumbia para mi enfermedad imaginaria. 

—Ella no sabe inglés. —Le dije estúpidamente y me paré a lavarle la taza que me dio. 

—Quizás ahora no, pero hay que adaptarse, cuando eres joven es más fácil.  

Pero ya no quería hablar más de Conchita. Me puse a pensar y me percaté de que era la única amiga real que había tenido en aquella etapa de mi vida. Levanté la mirada e intenté distraerme con el árbol de las muñecas para no pensar más.  

Años después, escuché que la señora había tratado de adoptar a Conchita, pero que su mamá se indignó porque le estaba tratando de quitar a la hija. Mucho antes de que llegara su nieta, la vieja, que en ese entonces no era vieja, vivía con su papá. Aquel señor era un hombre que todos en la urbanización querían y que, muy misteriosamente, había quedado encamado una vez que cumplió los ochenta y tres. 

—Por eso siempre estuvo soltera. —Me dijo mami años después de la muerte de la señora— Todos sabían que ella hacía brujería porque su papá le daba, y un día se empezó a vestir de blanco y rápido después el papá se murió. Te digo más, una vez la cogimos ni que cazando sapos en el patio de casa. Ahí ‘ta la prueba.  

—Permiso, Aita, ese arbolito que está ahí. —le dije, tratando de cambiar el tema— Es que me dan un poco de miedo las cabezas de porcelana; yo creo en papito Dios y estoy en un colegio cristiano. A mí me protegen los santos y los ángeles de la guardia y todo lo demás. Pero la sante- —Nunca terminé porque su risa repentina me hizo dar un brinquito. 

Entonces, paró de reírse y se acercó, demasiado. Me subió un frío por las batatas que me congeló la espalda y no me pude mover. Apreté la quijada duro y pensé que me iba a embrujar por hablar de más. 

Me cogió un brazo y en las manos me puso una bolsita de supermercado.  

—Semillas de menta —me dijo—, siémbralas porque ahuyentan a los gatos. En ese patio tienen demasiado de recao, mi santa, ni hay grama. Y eso los pone salvajes. 

Cuando me abrió la puerta, me fui corriendo y no volví jamás a entrar a aquella casa. Casi dos años después, regresó Conchita, pero para eso teníamos 14 y las cosas a esa edad se sienten más terribles que en cualquier otra.  No volvimos a hablar mucho, solo si estábamos las dos en el patio. Incluso así, solo intercambiamos una o dos palabras incómodas. 

Ahora que estoy adulta, solo regreso a la casa de mami cuando la cuidadora no puede estar. De vez en cuando veo a Conchita, que heredó la casa, y trato de saludarla con una sonrisa. Fue en una de esas visitas que me percaté de que el árbol ya no tenía muñecas. Por curiosidad, le pregunté a Conchita un día que la vi bajándose del carro. 

—¡Ay sí! Después de que se murió, me dio pena dejarlas ahí. Se las puse yo una de las primeras veces que vine a visitarla. ¡Bueno, yo misma les corté las cabezas! —dijo riéndose, como si fuera un chiste— Ella nunca las quitó; tuvo esa decoración, feísima, por años, que Dios la bendiga.  

Y suspiró con una sonrisa torcida por la nostalgia. No sabía qué decirle, así que moví la cabeza como que entendía y traté de consolarla con una sonrisa. La incomodidad me hizo mirarme los pies y me percaté de algo. 

—Tienes recao creciéndote en el patio, Conchita, cuida‘o con los gatos.  


Posted on May 20, 2026 .