Elena Sofía Ramos Díaz
Programa de Estudios Interdisciplinarios
Facultad de Humanidades, UPR RP
Recibido: 13/02/2026; Revisado: 06/04/2026; Aceptado: 12/05/2026
La figura halaba mi cadáver por el fango; sentía todo: la lluvia fría, el lodo y las balas todavía clavadas en mi espalda. Cuando me soltó entre las hojas, oía todo: el espantoso croar del sapo, el silbido del viento, el metal de la pala y el esfuerzo del hombre para cavar. No podía, sin embargo, mirar. No sabía quién me había matado y, mucho menos, por qué. El olor a podrido era lo único que podía reconocer; estaba en un manglar, pero no importaba. Nada me podía salvar. El olor llenaría mi nariz y mis pulmones apagados hasta que fuera reemplazado por la tierra. Al enterrarme, quedaría aquí, atrapada bajo el suelo y olvidada. ¿Hasta cuándo estaría consciente? ¿Por fin me moriría al enterrarme o seré por siempre una conciencia inmortal? Tenía que salvarme, pero no sabía cómo.
Al rato, dejé de escuchar la pala y el jadeo de mi asesino. El sonido de los pasos pegajosos merodeando a mi alrededor sonaba impaciente. De repente, me empujó con fuerza con su pie. Mi cuerpo se torció y cayó de lado dentro del hoyo. No era la sepultura ideal. Estaba lloviendo tanto que el fango en el fondo no podía retener más agua. El líquido seguía subiendo hasta que entró por mi garganta. Así, conectada con el agua, las hojas y las raíces que hincaban mi piel, sentí en mí el alma de la naturaleza. Como si fueran mis propios movimientos, la lluvia, los mangles y el viento se movían como títeres al baile de mis dedos. Tenía con ellos el poder milagroso de saber quién me había matado.
Antes de que él pudiera llenar mi tumba con tierra, abrí los ojos y lo miré fijamente. Me quedé boquiabierta; lo reconocía. Era Pedro. Hacía casi dos años que no lo veía. Lo liberaron más rápido de lo que esperaba. Su rostro lucía diferente. Tenía la mirada cansada, una barba descuidada y la cara flácida por la edad. Ni una gota de cariño quedaba en él, y ahora tampoco en mí.
Transformé la lluvia en diluvio y el viento en ráfagas, opacando la luz de la luna. Con cara de espanto, permaneció congelado hasta que empecé a moverme hacia él. Se volteó e intentó correr, pero logré agarrarlo con el fango por los tobillos. Se cayó de cara. Las raíces y las ramas colgantes del mangle atraparon su cuerpo al suelo. Dieron vueltas alrededor de sus piernas, sus brazos, hasta llegar al cuello. Allí, lo estrangulaban hasta sentir el latido de su pulso. Del viento creé brazos que abrieron su boca a la fuerza. De la lluvia formé un chorro que forzaba su entrada por la garganta hasta llenarse y volver a salir por la boca. No iba a dejar que saliera vivo.
Cuando murió, el espíritu de la naturaleza abandonó mi cuerpo y cesó todo. Solo entonces pude descansar en paz.
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